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Es imposible predecir la evolución macroeconómica, así que no lo intente

Abogado del diablo: la macroeconomía puede ser incierta, pero ignorar los regímenes pone en riesgo las carteras.

Author
Chief Economist, Aberdeen Investments

Duración: 4 Mins

Date: 10 jul 2026

Una afirmación que oigo a menudo entre los participantes en el mercado —especialmente entre los inversores que siguen un enfoque puramente bottom-up— es que la macroeconomía es imposible de predecir, por lo que no vale la pena intentarlo. Creo que es una afirmación erronea. No completamente, pero sí lo suficiente como para influir en la forma en que se construyen las carteras y se gestionan los riesgos.

Empecemos por lo que dicha afirmación tiene de cierto. La última década ha traído consigo repetidas crisis macroeconómicas que nadie había previsto en sus escenarios base: una pandemia, múltiples crisis energéticas desencadenadas por guerras y el repunte de inflación más rápido en una generación. Las relaciones que antes parecían estables —entre el crecimiento y la inflación, entre la política económica y los mercados, entre la renta variable y la renta fija— se han vuelto más inestables.

Así pues, si lo que se afirma es que la macroeconomía es ruidosa, incierta y propensa a las sorpresas, estoy de acuerdo. Pero el salto de «incierta» a «incognoscible» es donde discrepo.

Porque, bajo el ruido, existen regímenes macroeconómicos. Y los regímenes importan.

Tomemos la inflación como ejemplo. Durante gran parte de la década de 2010, la inflación se mantuvo estructuralmente moderada, lo que permitió a los bancos centrales respaldar los mercados con mínimas restricciones. Hoy en día, la inflación es más volátil y más sensible a las perturbaciones de la oferta —ya sean geopolíticas, climáticas o impulsadas por las políticas. Eso cambia la forma en que reaccionan los bancos centrales y, a su vez, cómo los mercados valoran tanto los activos de riesgo como los libres de riesgo.

Las perturbaciones se están convirtiendo en un fenómeno estructural

O tomemos la geopolítica. Hubo un período en el que los inversores podían argumentar de forma plausible que los acontecimientos geopolíticos rara vez se traducían en movimientos sostenidos del mercado. Eso parecía cada vez más endeble incluso antes del conflicto en Oriente Medio. La realidad actual es que la geopolítica afecta directamente a las rutas comerciales, las cadenas de suministro, los precios de la energía y, en última instancia, a la inflación y al crecimiento.

Además, estas perturbaciones repetidas no son incidentes aislados. Se trata de cambios en la naturaleza subyacente del entorno macroeconómico, hacia un riesgo geopolítico persistentemente elevado y un predominio cada vez mayor de las perturbaciones del lado de la oferta.

Desestimar los factores macroeconómicos por considerarlos «impredecibles» puede ser una forma cómoda de evitar una incertidumbre incómoda.

Qué significa esto para las carteras

Y es precisamente en el análisis de esos cambios estructurales donde la macroeconomía cobra mayor importancia.

No creo que el verdadero valor añadido de los macroeconomistas consista en predecir el PIB del próximo trimestre con una cifra decimal. Consiste en identificar el abanico de resultados posibles en torno a variables económicas clave —crecimiento, inflación, política— y comprender cómo esas distribuciones pueden ir cambiando con el tiempo.

En otras palabras, la macroeconomía no se centra tanto en las previsiones puntuales como en los regímenes subyacentes y el análisis de escenarios. Esto es realmente importante para las carteras. Un mundo en el que los riesgos de inflación son simétricos en torno a un objetivo del 2 % es muy diferente de uno en el que la inflación se desvía persistentemente al alza o a la baja. Y un mundo en el que la geopolítica es solo ruido de fondo es muy diferente de uno en el que puede cerrar rutas marítimas clave y perturbar las cadenas de suministro globales.

Ignorar esos cambios no hace que los riesgos desaparezcan. Simplemente significa que no estás preparado para ellos. También creo que hay un elemento conductual en todo esto.

Desestimar la macroeconomía por considerarla «impredecible» puede ser una forma cómoda de evitar una incertidumbre incómoda. Puede resultar más sencillo centrarse en los fundamentales de las empresas que lidiar con los riesgos macroeconómicos, que son complejos y están en constante evolución.

Pero los inversores no pueden permitirse ese lujo. La macroeconomía puede ser incierta, pero también es uno de los principales motores del entorno en el que se fijan los precios de todos los activos. Así que sí, la macroeconomía es más complicada de lo que solía ser. Sí, requiere humildad. Y sí, no siempre acertaremos.

Conclusiones

Pero eso no es motivo para dejar de intentarlo.

Es una razón para plantearnos la economía macro de otra manera: no tanto como un ejercicio de previsión, sino más bien como un marco para comprender los riesgos, los regímenes y la variedad de futuros posibles por los que deben navegar las carteras.


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